viernes, 15 de octubre de 2010

Y Así Fue

Siendo una familia tradicionalmente de perros, y no muy amante de más de una mascota en casa, fue perfectamente natural la reacción de mi padre ante el pedido de mi hermana menor; ella quería un gato.

Mi padre se negaba a la idea de una segunda mascota en la casa puesto que Luna, nuestra Labrador dorada, ya acarreaba con bastantes responsabilidades tanto en la casa como económicas. Por otro lado, estaba el estigma que los gatos son antipáticos. “Eso para que! Esos animales no se dejan consentir y no hacen sino escaparse a la menor oportunidad!” Este último argumento no estaba muy lejos de la verdad como lo explicaré más adelante.

Pero con todo y eso, y gracias a la colaboración interna de mi madre, una buena mañana de Sábado recibí una llamada de mi hermanita ordenándome que escogiera un gatico de adopción para llevar esa noche a la casa (yo estaba trabajando en ese entonces en la Clínica Veterinaria Kattos) junto con todo su neceser de cosas (arenera, platos, comida, arena, juguetes, etc.)

Con un poco de confusión, pasé a las gateras, escogí un gatico rojito y blanco, juguetón y saltarín, lo bañamos y estuvo listo para más tarde en la noche, salir para mi casa. Al llegar a la casa, un gato pequeño, se ve realmente pequeño. Es una pequeña bolita de pelos y bigotes que huele todo, camina con cautela por todo lado y al menor movimiento extraño sale corriendo a esconderse en el primer hueco que encuentra.

Por supuesto todos en casa estábamos encantados al ver semejante criatura tan diminuta merodeando por la sala con timidez. Con el correr de los minutos, el pequeño animalito se fue acostumbrando a nuestra presencia, ya se dejaba acariciar, no sin recelo, y de vez en cuando soltaba un maullido prácticamente inaudible.

Esa noche, fue toda una novedad para todos, mi padre, un poco dubitativo al respecto, lo alzó, le cuchicheó y dijo “bonito”. Ahora, para todos aquellos dueños de perros que tengan ganas de adoptar un gatico, después de unas semanas, es una relación muy bonita y bastante lejana de las que nos pintaban las caricaturas en nuestra infancia; pero la presentación del nuevo integrante de la familia al perro, no es apta para cardiacos.

Luna, nuestra Labrador, es una perra bastante amigable, y al ver a Pepperoni (para este entonces ya habíamos escogido el nombre), ella solo quería salir a saludar. Por supuesto al pequeño gato esto no le gustó en lo más mínimo, de un solo brinco se echó para atrás, bajó las orejas, dilató las pupilas, se erizó y se encorvó. Maullidos a todo pulmón y bufadas (ese sonido que hacen cuando están bravos) continuas salían del pequeño hocico de Pepperoni. Ante esto, Luna solo reaccionó ladrando, lo cual no ayudó en nada a la situación, haciendo que Pepperoni se pusiera más y más nervioso. Estos episodios se repitieron cada vez que felino y canino se enfrentaron, cada vez con menos intensidad y precaución por parte del gato, hasta que un buen día, nos levantamos y gato y perra estaban durmiendo arrunchados en la misma cama.

Así como Luna se fue acostumbrando a Pepperoni y viceversa, acostumbrarse a un pequeño gato en la casa lleva tiempo. Es maravilloso ver cómo el cariño por un pequeño ser mueve la voluntad humana. Poco a poco las ventanas en la casa se fueron manteniendo cerradas puesto que, como todo gato, son curiosos y les gusta andar libres, cosa que no es tan saludable para ellos puesto que afuera hay bastantes peligros. Poco a poco el gato fue haciendo parte de nuestro día a día, sus maullidos, su andar ligero y suave, su rasguñar en el poste con fique que le compramos, su ronroneo, todo, todo en un gato lo cautiva a uno. Son criaturas maravillosas, criaturas que en ciertas ocasiones pareciera que le hablan a uno, pues se hacen entender en varias ocasiones muy bien.

De todo el proceso de adopción, lo más bonito es verlos crecer, verlos pasar de ser un pequeño animalito, casi indefenso, a ser un animal magnífico, con equilibrio sin precedentes, una agilidad sorprendente y una capacidad de generar ternura y respeto al mismo tiempo sin igual. Son animales maravillosos, enigmáticos y si, para que lo voy a negar, independientes, pero esa misma independencia hace que cuando se acercan, ronroneando, sea aún más bonito el cogerlos, abrazarlos y consentirlos.

No hay comentarios: