Lo bonito de una historia es que es única para cada persona, única en interpretación, única en espacio, única en tiempo. Por más adjetivos y adornos puestos por el escritor, el cuento es mío en el momento en que lo leo, se expande por mi mente, dispara mi imaginación, me saca de este mundo (que de por si, es un cuento).
Me volví a sentir como un niño chiquito, sumido en la realidad de mi cabeza, con los ojos cegados por el velo que mi imaginación proponía ante ellos, volví a sentir ilusión, volví a pensar con el corazón y no con la mente. El cariño que sentí por ciertos personajes y el odio por otros, fue genuino, fue poderoso, fue real. Por ello, creo que jamás volveré a subestimar el poder del cuento. Porque si la fe mueve montañas, los sentimientos las hace volar, las llena de flores silvestres, de árboles frondosos en donde la razón no tiene cabida. Y si un cuento me hace sentir, que poder.
Que poder.
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