Con el dolor en el alma de haber enterrado a esa persona, a esa, se hizo camino atravès del campo funerario lleno de curvas, subidas y bajadas. Se montò en el carro, encendiò el motor, que al mismo tiempo encendiò las gotas en sus ojos. La mirada vidriosa y el pulso tembloroso. Primera, segunda, tercera, cuarta. Las calles, llenas de carros que en otro tiempo le hubieran molestado, ahora parecìan una compañìa soportable. El silencio del ruido de la ciudad lo acompañò hasta su casa, en otro tiempo llamada su hogar. Entrò en el baño, y tomò un baño, largo, muy largo. Una vez su piel arrugada, su cuerpo escondido tras la cortina de vapor, dejò ir un quejido, tenue, como si saliera de lo mas profundo de su alma y luchando, llegara lo poco que quedò al exterior. Las lagrimas se confundian con las gotas de agua tibia en su rostro, con los dedos temblando, alcanzò la toalla y saliò del baño.
Queriendo sin querer se vistiò, y trastabillando se acostò en su cama, posò su cabeza en la almohada y amandola cerrò los ojos y poco a poco el sueñò anestesiò la herida en su interior.