La llama en mi corazón sigue ardiendo como si nada hubiera pasado, al escuchar tu voz, mis manos sudan, mi pecho suspira y mi alma sonríe. Siento cómo me tranquilizas, cómo las preocupaciones se disipan, cómo se despeja mi mente.
A ratos me siento fuerte, puedo sonreir y reir. Puedo volver a ser quien era antes de probarte, antes de quedar absolutamente adicto a tu olor y a tu sonrisa. Pero siempre regreso a la oscuridad de mi realidad, al ahora aplastante que me obliga a pararme y vivir en un mundo en el que el nosotros ya no existe, en un mundo en el que las horas me sobran, las horas que eran tuyas y que se aferran a mi, celosamente, ahora, obligándome a mantenerme ocupado para no respirar el veneno del presente.
Poco a poco me desgasto, poco a poco tengo que hacerme a la idea que tengo que asesinarte en mi día a día, que tengo que coger un segundo aire cada vez que quiero respirar, pues siempre el primero está impregnado de tu olor enajenante.
La sangre en mis venas fluye lentamente, me encuentro en un letargo que parece no tener fin. Corrimos juntos velozmente, mano en mano, con las miradas puestas sobre un mismo horizonte. Tengo que pagar el precio por haber superado mi capacidad física de amar, mi corazón es lento ahora, torpe. Mis pulmones me causan tos y mi pulso me falla. El frenón repentino en la carrera hizo estragos en mis piernas, pues se encuentran cansadas y a menudo temblorosas. Mis ojos arden, mis hombros duelen y mi estómago se siente vacío.
Con la más leve de las esperanzas me voy a mi cama, con la certeza que mi corazón no puede equivocarse de una manera tan monumental, con un te amo y un te pienso que le suspiro a las estrellas me despido del día que, interminablemente, termina.
Le pido al cielo me de tranquilidad, serenidad, pero por encima de todo, que me traiga a ti de vuelta.
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